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Disfraces: por qué el 25% los usa y el resto se ríe
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Disfraces: por qué el 25% los usa y el resto se ríe

Uno de cada cuatro chilenos declara usar disfraces en la intimidad, según GfK. La mitad restante se ríe nerviosa. Radiografía del juego de rol y su mala prensa.

Por Equipo Editorial Lovers · 5 ago 2026 · 4 min de lectura

El dato salió de las mediciones de GfK sobre intimidad de los chilenos y es de los que dividen una sobremesa en dos bandos instantáneos: el 25% declara usar disfraces en la intimidad. Uno de cada cuatro. El bando restante suele reaccionar con la risa nerviosa de rigor — la misma risa, dicho sea de paso, que esta revista ya diagnosticó en la nota de los juegos: no es burla, es pudor con máscara. Ironía involuntaria incluida.

Qué compra realmente el que se disfraza

El malentendido de base es creer que el disfraz va de la tela. Va del permiso. Un rol distinto trae un guion distinto: la persona tímida encuentra en el personaje la autorización que su versión de diario no se da; la pareja de años encuentra el ingrediente que la ciencia de la novedad — nuestro citado doctor Aron — lleva décadas recetando: volver a ser, por una noche, alguien que el otro no se sabe de memoria. El disfraz es un guion para desordenar con vestuario incluido.

Visto así, el 25% no está haciendo nada exótico: está aplicando la solución teatral a un problema universal — el libreto gastado — que el otro 75% intenta resolver con pura fuerza de voluntad.

Por qué da risa (y por qué está bien que dé)

Porque el ridículo es real y es parte del precio de entrada: no existe forma solemne de ponerse un traje de enfermera de cotillón. La clave — y en esto los practicantes consultados por la literatura del rubro son unánimes — es que la risa se presupuesta: se entra al juego sabiendo que los primeros minutos son de comedia, y la comedia compartida es en sí misma un pegamento — reírse juntos de sí mismos es intimidad de la cara, la que después habilita la otra. La pareja que no puede hacer el ridículo junta tiene un problema más serio que la falta de vestuario.

La puerta de entrada sin cotillón

Para el 75% curioso pero reacio, el secreto es que el juego de rol no empieza en la tienda de disfraces: empieza en el personaje. La versión de entrada no requiere ni una prenda — dos desconocidos que se encuentran en un bar y fingen conocerse recién, con nombres inventados y biografías de mentira, es juego de rol completo en ropa de calle. Si la noche funciona — y suele funcionar sospechosamente bien —, el vestuario es solo la actualización de producción del año siguiente. El 25% ya lo sabe. Y se sigue riendo, pero de camino a la función.

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