Infieles: por qué el streaming no deja de contar la misma historia
De "Fidelidad" en Netflix a media docena de series con nombres casi intercambiables: la infidelidad se convirtió en uno de los géneros más rentables del streaming. La pregunta es por qué nunca deja de funcionar.
Basta con revisar el catálogo de cualquier plataforma de streaming para notar el patrón: series tituladas "Infiel", "Infieles", "Fidelidad", "Los Infieles" —el vocabulario se repite porque el tema vende, y vende consistentemente, año tras año.
El caso que mejor ilustra la fórmula
"Fidelidad", producción de Netflix basada en la novela del escritor italiano Marco Missiroli, cuenta la historia de Carlo y Margherita, una pareja de treinta años cuya relación se tambalea tras una infidelidad. Son seis episodios de unos 45 minutos cada uno, con escenas eróticas explícitas que la crítica describió como de "alto voltaje" —una fórmula que combina drama de pareja con temperatura sexual real, sin disfrazar ninguna de las dos cosas.
Por qué el género no se agota
La infidelidad funciona en pantalla porque activa dos motores narrativos al mismo tiempo: la tensión moral —¿es perdonable, es comprensible, quién tiene la razón— y la tensión erótica —qué se ve, qué se insinúa, qué queda fuera de cuadro. Ningún otro conflicto de pareja ofrece esa combinación tan directa entre juicio y deseo.
Hay además un factor de identificación que las plataformas explotan sin decirlo abiertamente: estudios internos de la industria del streaming han documentado que un porcentaje no menor de usuarios ve estas series sin su pareja presente, casi como un espacio privado de exploración de la propia curiosidad sobre el tema.
El límite del género
El riesgo de la fórmula es la repetición: cuando el conflicto central es siempre "alguien engañó a alguien", la diferencia entre una serie memorable y una desechable pasa a ser exclusivamente la calidad de la escritura y la actuación, no la premisa. Las que sobreviven al ciclo de novedad —como demuestra el caso de "Fidelidad"— son las que se atreven a mostrar el después, no solo el momento del engaño: cómo se reconstruye, o no, algo que se rompió en público y en privado al mismo tiempo.
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