Por qué a Chile le cuesta tanto escribir sobre sexo
Tenemos a Lemebel, tenemos a Paula, tenemos el Chacotero. Y aun así un escritor chileno sostiene que acá no hay literatura erótica: hay elusión.
En enero de 2021, el escritor Fabio Salas presentó un volumen de siete relatos y dijo algo que debería haber generado más discusión de la que generó: que en Chile prácticamente no existe literatura erótica propiamente tal, sino «metáfora, elusión». Y agregó una frase que explica bastante más que el asunto literario: «En Chile el sexo es un recipiente de la tensión política y social».
Vale la pena tomarse en serio ese diagnóstico, aunque sea para discutirlo.
La evidencia en contra
Porque a primera vista parece injusto. Chile tiene un archivo notable.
Tiene a Pedro Lemebel, que convirtió el maquillaje y los tacos en gesto político, que fundó con Francisco Casas «Las Yeguas del Apocalipsis» para intervenir actos culturales durante la dictadura, y que en Tengo miedo torero (2001) escribió una historia de amor entre un travesti pobre y un militante del Frente Patriótico mientras Pinochet y Lucía Hiriart aparecen en escenas paralelas. Ahí no hay elusión: hay deseo y política respirándose encima.
Tiene a la revista Paula, que en julio de 1967 salió a la calle con información sobre anticonceptivos y que publicó, ese mismo año, un reportaje titulado «Entrevista a una mujer infiel». Su directora fundacional fue Delia Vergara, y entre 1967 y 1974 escribió columnas de humor una tal Isabel Allende. Treinta años después, esa misma autora publicaría Afrodita, un libro entero sobre erotismo, comida y sentidos, que hoy está disponible en las bibliotecas públicas chilenas.
Tiene a Jaime Collyer, que se propuso escribir la historia sexual de los chilenos y necesitó dos volúmenes para hacerlo. Tiene a las poetas —Stella Díaz Varín entre ellas— que escribieron el cuerpo cuando el cuerpo era territorio en disputa. Tiene Veinte poemas de amor, que cumplió cien años en 2024 y sigue siendo el texto erótico más leído de la historia del país, aunque hoy se lea en tensión con lo que sabemos de su autor.
La evidencia a favor
Y sin embargo. Mira la lista otra vez.
Lemebel escribe deseo, sí, pero el deseo está siempre atravesado por la marginalidad, la dictadura, el sida, la clase. Paula publicó sobre infidelidad, pero desde el reportaje social. Collyer escribe historia, no erotismo. Neruda escribe amor. La poesía chilena del cuerpo escribe resistencia.
Es la observación de Salas: cuando Chile escribe sobre sexo, casi siempre está escribiendo sobre otra cosa. El sexo entra como vehículo —de crítica política, de denuncia social, de memoria— y rara vez como territorio propio. Falta la literatura que se ocupe del deseo porque sí, sin coartada.
Cuando Chile escribe sobre sexo casi siempre está escribiendo sobre otra cosa. El deseo entra con coartada.
De dónde viene el pudor
Hay un dato que ayuda a entender el fondo. La Encuesta Nacional de Salud, Sexualidad y Género encontró que el 68,8% de los chilenos no conversaba sobre sexualidad en su familia durante la infancia, y que el 44,7% califica como mala o muy mala la educación sexual que recibió.
Un país que no habló de esto en la casa ni en el colegio no llega a la adultez con un idioma propio para hacerlo. Y sin idioma, la literatura tiene dos caminos: importar el vocabulario ajeno —que suena impostado— o rodear el tema con metáforas. Chile eligió sistemáticamente lo segundo. La elusión no es cobardía literaria: es la consecuencia previsible de un vacío de vocabulario.
Hay una excepción luminosa y es oral. El Chacotero Sentimental lleva desde 1996 recibiendo llamadas de chilenos que cuentan su vida sexual en detalle, sin metáforas y sin permiso literario. La película que salió de ahí, en 1999, se convirtió en una de las más taquilleras de la historia del cine chileno. Cuando el país encontró un formato donde hablar de esto sin coartada —anónimo, hablado, con humor—, se soltó de inmediato.
El propio Roberto Artiagoitía, el Rumpy, resumió en diciembre de 2025 el cambio de tres décadas con una frase que da para un ensayo aparte: «Hoy el sexo no tiene la dificultad, ni el premio de la entrega, que tenía hace 30 años».
Lo que está pasando ahora
Mientras la literatura sigue rodeando, otras disciplinas se metieron de frente.
En diciembre de 2016 el Museo Nacional de Bellas Artes inauguró Una historia violenta y luminosa, del pintor José Pedro Godoy: unas cincuenta obras con encuentros sexuales en paisajes nocturnos de colores saturados, incluyendo un políptico de siete paneles de tres por once metros. «Me interesa la estética del mal gusto», dijo el autor. «Retrato la sexualidad frontalmente.» El erotismo explícito entró al museo nacional más importante del país sin pedir permiso.
En 2018 el GAM presentó Orgiología, de la compañía Teatro Sur, una performance multimedia sobre sexualidad no binaria y expresión colectiva del deseo. Y en enero de 2025, una muestra llamada Al Pico del Placer, curada por Elisa Massardo, reunió a tres artistas —Romina Pistolas, Juli Puch y Javiera Belem— bajo el marco de «artes eróticas y nuevas pornografías», en un evento privado, de ubicación secreta, para mayores de dieciocho.
Esa última es la señal más interesante: hay una escena chilena de arte erótico operando fuera del circuito institucional, y casi nadie la está cubriendo.
La conclusión incómoda
Salas tiene razón, pero por una razón distinta de la que él propone. No es que a los escritores chilenos les falte valentía. Es que el país recién está construyendo el idioma.
Los datos de la ENSSEX muestran una transformación medible en una generación: la aceptación social de la homosexualidad pasó de 3,4% en 1998 a 80,8% en 2022. El uso de preservativo en la primera relación subió de un 11% a un 58%. Un país que cambia así de rápido todavía no tiene asentadas las palabras para nombrar lo que le está pasando.
La literatura llega siempre un poco después. Lo que falta escribir se va a escribir. Y probablemente no lo escriba quien ya tiene el prestigio para hacerlo sin riesgo, sino alguien que todavía no sabe que puede.
Fuentes
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